En el interior de Yucatán hay una advertencia que se repite de generación en generación: al monte se entra con respeto. No es una frase hecha ni un simple dicho. Para muchos, es una regla no escrita que separa el camino de regreso del extravío eterno.
Entre la espesura, donde el sol se filtra a cuentagotas y el silencio pesa, sobreviven relatos que erizan la piel. Personas que caminan durante horas —o días— dando vueltas en el mismo punto, convencidas de avanzar, hasta que algo o alguien les permite salir. Otras historias no tienen ese final: cuerpos hallados tiempo después… o nunca encontrados.

En días recientes, dos casos reavivaron estas creencias. La Secretaría de Seguridad Pública de Yucatán informó sobre el rescate de Mateo, un niño de cinco años que acompañó a su abuela a recolectar leña en el monte de Peto. Era una actividad cotidiana, casi ritual. Sin embargo, ese día el monte no fue el mismo. Mateo se perdió y fue localizado hasta la madrugada siguiente, solo, expuesto al frío del invierno que cala profundo entre la maleza.
Poco después, otro episodio encendió las alarmas. Un hombre de 86 años se desorientó en la zona de monte de la comisaría Sudzal Chico, en Tekax. Con la noche encima y sin referencias, decidió resguardarse en un punto hasta el amanecer. Así lo encontró la autoridad: cansado, pero con vida, como si el monte le hubiera permitido una tregua.
Ambos casos tuvieron un desenlace favorable gracias a la intervención de las autoridades. Pero la pregunta quedó flotando entre quienes conocen bien esos caminos: ¿cómo es posible que personas acostumbradas al monte se pierdan así, sin explicación clara?
Para algunos, la respuesta es simple: el monte está vivo. Para otros, hay algo más profundo, invisible, que observa y decide. Creencias ancestrales hablan de los dueños del monte, entidades que cuidan, castigan o confunden, según el respeto con el que se cruce su territorio.
Mito o realidad, lo cierto es que el monte sigue imponiendo sus reglas. Y cada vez que alguien se pierde, Yucatán vuelve a preguntarse si ahí adentro solo hay árboles… o algo más que aún no terminamos de comprender.
