La noche en que México volvió a hacer historia en una Copa del Mundo también quedó grabada en la memoria de miles de yucatecos. La Plaza Grande de Mérida se transformó en un enorme estadio al aire libre, donde la pasión, los cánticos y la esperanza se apoderaron del corazón de la ciudad durante el triunfo de la Selección Mexicana sobre Ecuador.
Desde horas antes del silbatazo inicial, decenas de familias, grupos de amigos y aficionados comenzaron a llegar para asegurar un buen lugar frente a la megapantalla instalada para seguir el encuentro. Poco a poco, el Centro Histórico se llenó de camisetas verdes, banderas tricolores y rostros pintados, en un ambiente que no se había visto desde el arranque del Mundial 2026.

La espera estuvo acompañada por música, batucadas, dinámicas y porras que prepararon el escenario para una noche especial. El grito de “¿Y si sí?”, convertido ya en el lema de los aficionados mexicanos, retumbó una y otra vez entre los asistentes, alimentando la ilusión de ver a la Selección romper viejas barreras mundialistas.
Cuando el reloj marcó las siete de la noche, la plaza lucía completamente abarrotada. Aunque el inicio del partido sufrió un retraso debido a la intensa lluvia registrada en la Ciudad de México, sede del encuentro, la afición no perdió el ánimo. En cambio, aprovechó la espera para entonar al unísono Cielito Lindo, realizar la tradicional ola y mantener viva la fiesta.

Los primeros minutos trajeron tensión, no por el rival, sino por una serie de fallas en la transmisión que provocaron molestia entre los presentes. Los reclamos al personal encargado no tardaron en aparecer, mientras crecía la incertidumbre de perderse el inicio del encuentro. Finalmente, el problema fue resuelto y la celebración pudo comenzar.
Con el balón en movimiento, cada llegada de México era acompañada por gritos, aplausos y nervios. Pero cuando llegaron los goles, la Plaza Grande simplemente explotó. Abrazos entre desconocidos, saltos, lágrimas, banderas ondeando y el ya famoso “¿Y si sí?” marcaron una celebración que por momentos hizo olvidar que el partido se disputaba a cientos de kilómetros de distancia.

El triunfo por 2-0 sobre Ecuador no solo significó una victoria más para la Selección Mexicana. Representó el ansiado pase a los Octavos de Final, una instancia que México no alcanzaba desde hace cuatro décadas, desatando la euforia entre los aficionados.
Tras el silbatazo final, mientras algunos regresaban a casa con una sonrisa imborrable, cientos de personas decidieron prolongar la fiesta y se dirigieron al Monumento a la Patria, donde continuaron los cánticos, las porras y las celebraciones por un resultado que renovó la ilusión de todo un país.
Por una noche, Mérida dejó de ser solo la capital yucateca para convertirse en un enorme punto de encuentro donde miles de voces compartieron un mismo sueño: creer que, esta vez, México puede llegar más lejos que nunca.
