Cada verano, la misma escena se repite: toneladas de sargazo inundan las costas del Caribe, cubren las playas, ahuyentan al turismo y sofocan la vida marina. Pero este 2025, la historia podría cambiar.
Un grupo de investigadores del Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY) y del Cinvestav ha logrado lo que parecía imposible: transformar ese problema ambiental en una oportunidad energética. ¿Cómo? Convirtiendo el sargazo en biocarbón dopado con azufre, capaz de alimentar celdas de hidrógeno para producir energía limpia.
“Hemos confirmado que este material puede sustituir al platino como catalizador, y funcionar de manera eficiente”, asegura el doctor Francisco Javier Rodríguez Varela, uno de los líderes del proyecto.
Esta innovación no es solo una curiosidad de laboratorio. Está lista para escalar. La tecnología —basada en pirólisis y el uso de heteroátomos— es viable, económica y ambientalmente responsable. Y, lo más importante, es una esperanza real para las comunidades del sureste mexicano que viven con carencias energéticas, y que a la vez sufren los estragos del sargazo.
El momento no podría ser más oportuno. El Sargassum Watch System de la Universidad del Sur de Florida ha alertado que este año llegarán más de 31 millones de toneladas de esta macroalga a las costas del Caribe mexicano, una cifra sin precedentes.
Mientras gobiernos y hoteles intentan contener el alga a base de barreras y retroexcavadoras, la ciencia yucateca propone una salida más audaz: usar el mar como generador de energía.
Este proyecto aún requiere apoyos y coordinación, pero ha demostrado que el sargazo puede pasar de ser un desastre ecológico… a una solución sustentable.
Y en ese cambio de narrativa, también se transforma el futuro.