En los pueblos del sur de Yucatán, el dinero no llega en sobres ni cruza caminos polvorientos: llega por transferencia. Es puntual, casi ritual. A pesar del endurecimiento de la política migratoria en Estados Unidos durante la actual administración de Donald Trump, las remesas continúan fluyendo con una estabilidad que sorprende a quienes viven de ese ingreso silencioso pero vital.
Las familias lo cuentan sin cifras ni gráficas, pero con la claridad de quien hace cuentas cada mes. “Ya no se están yendo como antes”, dicen. El cruce irregular se ha vuelto un riesgo demasiado caro: pagar a un coyote puede costar hoy hasta 300 mil pesos, una suma impensable para muchos. La frontera se endureció y, con ella, la decisión de migrar quedó en pausa para nuevas generaciones.
También se cerraron otras rutas del reencuentro. Desde hace más de un año, los viajes colectivos del programa “Cabecitas Blancas”, que permitían a adultos mayores visitar a sus hijos en Estados Unidos, fueron cancelados. Las despedidas volvieron a ser largas y los abrazos, diferidos. Pero el vínculo no se rompió: se transformó en envíos constantes que sostienen hogares enteros.
De acuerdo con el reporte del Banco de México correspondiente a 2024, los migrantes yucatecos enviaron alrededor de 40 millones de dólares en remesas a lo largo del año. Detrás de ese dato hay cocinas encendidas, escuelas pagadas y pequeñas obras en casas que crecen a ritmo de dólar.
En municipios y comisarías del sur del estado, las remesas no son un lujo: son la columna vertebral de la economía familiar. No aumentan, pero tampoco caen. Resisten. Como quienes las envían desde lejos, trabajando con la esperanza fija en casa.
Mientras el discurso político se endurece y las fronteras se cierran, el flujo del apoyo familiar se mantiene firme. En Yucatán, los dólares siguen llegando. Y con ellos, la certeza de que, aun a distancia, la familia encuentra la forma de mantenerse unida.
