En el fraccionamiento Santa Ana, en Kanasín, el día comienza con un olor que no da tregua.
No es el aroma del desayuno ni la brisa cálida de la mañana. Es el hedor que brota de los sumideros colapsados, donde las aguas negras se han desbordado y avanzan lentamente por la calle, frente a las casas donde juegan niñas y niños.

“Tenemos miedo por la salud de nuestros hijos”, cuenta una vecina mientras señala el registro saturado que, en lugar de drenar, expulsa residuos. La escena se repite en varios puntos del fraccionamiento: tapas rebosadas, charcos oscuros y mosquitos que rondan sin descanso.
Los habitantes aseguran que ya realizaron los reportes correspondientes ante las autoridades municipales. Sin embargo, hasta ahora —afirman— no han recibido una respuesta concreta. La incertidumbre crece con cada día que pasa sin que llegue una cuadrilla de atención.

También intentaron comunicarse con el alcalde Edwin Bojórquez, pero señalan que no obtuvieron respuesta. Mientras tanto, la comunidad enfrenta un dilema: intervenir por su cuenta para destapar los sumideros o esperar a que la autoridad actúe, con el temor de recibir alguna sanción por realizar trabajos que no les corresponden.
El problema no solo es estético. Los vecinos advierten que el estancamiento de aguas residuales podría convertirse en un foco de infección, especialmente en una zona habitacional donde el tránsito peatonal es constante.
En Santa Ana, el llamado es claro: una solución urgente antes de que el problema escale. Porque más allá del mal olor, lo que se respira es preocupación.
