En el tranquilo puerto de Sisal, donde el mar solía encontrarse con dunas intactas y matorrales resilientes al viento y la sal, un nuevo golpe a la naturaleza acaba de ser descubierto. La Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) reveló la afectación de 2,541.61 metros cuadrados de duna costera, víctimas de una tala ilegal que sigue horadando el paisaje y la salud del ecosistema.
Este no es un caso aislado. Desde febrero, las autoridades ambientales han identificado tres zonas devastadas que, en conjunto, representan 37,784 metros cuadrados de destrucción. Territorios clausurados, áreas heridas, y denuncias que ahora duermen en los escritorios de la Fiscalía General de la República (FGR), que ha abierto un expediente por daño ambiental.
Los matorrales costeros y las dunas no son sólo vegetación; son escudos naturales. La duna costera es un ecosistema frágil, adaptado a condiciones extremas de salinidad y sequía. Su eliminación rompe el equilibrio entre playa, manglar y mar abierto. A su vez, el matorral costero actúa como un puente ecológico, vital para especies que migran, se reproducen o simplemente sobreviven entre estos hábitats interconectados.
Pero en Sisal, este equilibrio está en riesgo. “Estamos ante un ecocidio tolerado por la omisión”, señala un biólogo local que prefiere el anonimato. “La tala de vegetación costera no sólo destruye hábitats, también abre la puerta al avance urbano descontrolado que devora playas y margina comunidades pesqueras”.
Las autoridades prometen sanciones ejemplares. Hablan de restauración y de intensificar inspecciones. Pero en el terreno, donde el sol cae sobre la tierra removida y las raíces expuestas, lo que se respira es la urgencia de actuar más allá del discurso.
En Sisal, el silencio de las dunas arrasadas es un grito que exige justicia. Y mientras no se castigue con contundencia a los responsables, cada metro cuadrado perdido será una herida más al ya frágil cuerpo ambiental del litoral yucateco.