La madrugada avanzaba en silencio en Citilcum, comisaría de Izamal, cuando un ruido rompió la tranquilidad habitual. El sonido de una motocicleta pasando cerca de un predio encendió una ligera alerta, pero nada fuera de lo común en una comunidad donde todos se conocen y la noche suele transcurrir sin sobresaltos.
Minutos después, la calma se transformó en angustia.
El propietario del predio notó que algo no estaba bien. Sus tres perros mestizos comenzaron a comportarse de forma extraña: se movían con dificultad, presentaban espuma en el hocico y signos evidentes de malestar. En cuestión de instantes, la escena se volvió desesperante. Pese a los intentos por auxiliarlos, los animales murieron uno tras otro.
La sospecha fue inmediata: envenenamiento.
El hallazgo sacudió a la comunidad. Entre vecinos comenzaron a circular versiones sobre la presunta colocación intencional de veneno para perros en la zona, un rumor que, aunque no ha sido confirmado, alimentó el temor colectivo. El dueño de los animales reconoció desconocer quién o quiénes podrían estar detrás de estos hechos, pero el daño ya estaba hecho.
El caso fue reportado a las autoridades y quedó en manos del Ministerio Público, que inició las investigaciones correspondientes para esclarecer lo ocurrido. Mientras tanto, la indignación y la preocupación se apoderaron de Citilcum, donde los vecinos exigen mayor vigilancia y acciones concretas para evitar que una tragedia similar vuelva a repetirse.
Más allá de la pérdida de tres animales, el hecho dejó una herida más profunda: la sensación de inseguridad y de crueldad que irrumpe incluso en las comunidades más tranquilas. En Citilcum, la madrugada no solo terminó con tres perros sin vida, sino con una pregunta que sigue en el aire: ¿quién está sembrando el miedo en el pueblo?
