Durante décadas, diciembre tenía un sonido propio en los municipios de Yucatán. No venía de villancicos modernos ni de bocinas navideñas, sino de voces infantiles que, entre risas y timidez, recorrían las calles con una rama adornada y una pequeña caja religiosa entre las manos. Eran los niños “cantando la Rama”, una tradición que marcaba el inicio de la temporada decembrina y que hoy, poco a poco, se desvanece.
Quienes crecieron en los años 70, 80 o 90 lo recuerdan con una nitidez que duele: grupos pequeños, amigos de la cuadra, primos del barrio, caminando desde el 1 hasta el 15 de diciembre. Se detenían frente a cada casa y entonaban la estrofa que era contraseña y bienvenida:
“Me paro en la puerta, me quito el sombrero, porque en esta casa vive un caballero…”
Y al terminar, la recompensa que sabía a gloria: un puñado de dulces, unas monedas o una sonrisa de aprobación. Con lo reunido, los niños soñaban con comprar un trompo, un carrito, una muñeca o alguna golosina especial. Era un ritual comunitario, inocente y profundamente nuestro.
Un cambio que se siente en las calles
Hoy, ese sonido casi ha desaparecido.
Lo que antes eran grupos de niños caminando solos entre calles iluminadas por faroles, ahora son familias enteras: madres y padres acompañando a los pequeños por precaución. La espontaneidad se ha ido diluyendo. Y no por falta de ganas, sino por algo más fuerte: el miedo.
La inseguridad —ese invitado indeseado que ha transformado tantas rutinas— también alcanzó esta tradición. Los padres ya no se sienten cómodos dejando que sus hijos recorran las calles sin supervisión. La libertad que antes definía a “La Rama” se ha vuelto, para muchos, un riesgo innecesario.
Una herida cultural que nadie quiere reconocer
“La Rama” no es solo un canto ni un paseo infantil. Es un lazo comunitario. Es identidad. Es memoria viva.
Sin embargo, en muchos municipios de Yucatán, esta tradición está quedando en manos de la nostalgia. Aún hay quienes la practican, pero cada año son menos. Y cada diciembre, las calles lucen más silenciosas, como si aguardaran nuevamente aquellas voces que ya no llegan.
Para decenas de yucatecos que hoy son adultos, la Rama es un recuerdo que guarda el aroma del nixtamal, las luces de colores y las noches frescas de su infancia. Para las nuevas generaciones, podría convertirse —si no se rescata a tiempo— en una historia más que se cuenta, pero ya no se vive.
Porque lo más triste no es que la Rama se esté perdiendo.
Lo más triste es que muchos niños nunca sabrán lo que era cantar para ganar una sonrisa y un dulce.
