El crecimiento ya no es una posibilidad: es un hecho. En Mérida, la ciudad dejó de ser solo capital para convertirse en el eje de una nueva realidad urbana que abarca múltiples municipios y más de un millón y medio de habitantes. La declaratoria oficial de la Zona Metropolitana de Mérida marca un antes y un después. Pero también abre una pregunta incómoda: ¿quién gana con este crecimiento?

La escena comenzó a tomar forma desde el pasado 20 de febrero, cuando se publicó el decreto que reconoce legalmente esta nueva configuración territorial integrada por 14 municipios. Desde Kanasín hasta Progreso, pasando por Umán y Conkal, la región comienza a comportarse como una sola ciudad.
Pero no todos celebran sin reservas.

Desde la trinchera del análisis urbano, la activista y escritora Carla Escoffié advierte que este proceso, aunque necesario, puede convertirse en un arma de doble filo. En sus reflexiones —plasmadas en obras como País sin techo— señala que el ordenamiento metropolitano podría derivar en un “botín millonario” si queda en manos de intereses inmobiliarios.
Y es que el crecimiento no ocurre en el vacío. Entre los municipios que hoy conforman la zona metropolitana existen amplias franjas de suelo no urbanizado: territorios estratégicos que, en el papel, representan oportunidad… pero en la práctica, despiertan el apetito de la especulación.

El siguiente paso será la creación de un programa metropolitano, coordinado por una Junta de Coordinación y un consejo consultivo. Ahí se definirán los nuevos usos de suelo, los límites del crecimiento y el rumbo de la expansión urbana. Decisiones técnicas, sí, pero también profundamente políticas.
Porque en esos cambios —aparentemente administrativos— se juega mucho más: el acceso a la vivienda, la conservación ambiental y el futuro de comunidades, incluidas poblaciones mayas que podrían verse desplazadas por el avance urbano.
La experiencia reciente pesa. En los últimos años, el crecimiento acelerado ha dejado huellas visibles: presión sobre los servicios, fragmentación social y un modelo urbano que, para muchos, ha privilegiado el negocio por encima del bienestar.
Sin embargo, el potencial también es innegable. La integración metropolitana permitiría mejorar la coordinación en servicios públicos, transporte, salud y desarrollo económico. Unificar lo que ya, en la práctica, funciona como una sola ciudad.
Entre la promesa y el riesgo, el futuro de la zona metropolitana se escribe ahora.
Y mientras los acuerdos avanzan en oficinas y mesas técnicas, en las calles —y en los territorios aún vacíos— crece la expectativa… y la vigilancia.
