Hay lugares que no se anuncian con letreros ni se descubren por casualidad. Se revelan despacio, a quienes están dispuestos a escuchar al agua, al viento y a la selva. Así es Petén Culú, un rincón escondido de Sisal que guarda uno de los tesoros naturales más singulares de la costa yucateca y que hoy se consolida como un referente del ecoturismo consciente.
Sisal, antiguo puerto pesquero de origen maya, suele enamorar a primera vista con sus playas de arena blanca y aguas tranquilas. Pero más allá del horizonte marino, existe otro Sisal: uno que se interna en los manglares, cruza ciénegas y conduce a ecosistemas que parecen suspendidos en el tiempo.
Islas de selva en medio del agua
Los petenes son verdaderas islas de vegetación exuberante rodeadas de zonas inundables. Nacen gracias a manantiales de agua dulce —conocidos como sayab— que brotan en plena costa y permiten que la vida florezca donde el entorno parecería adverso. Rodeados de manglar y conectados por ciénegas de agua salobre, estos ecosistemas son refugio de aves, reptiles, mamíferos y una vasta diversidad vegetal.
Navegar hacia ellos suele implicar avanzar lentamente en kayak, atravesando laberintos naturales de raíces y canales silenciosos. El trayecto no es solo un recorrido: es una lección viva de equilibrio ecológico.
El petén del mapache
Entre todos, Petén Culú destaca por su belleza y simbolismo. Su nombre proviene del maya k’ulu’, “mapache”, animal que encuentra aquí uno de sus hábitats predilectos. Al centro del petén, el visitante descubre un manantial de aguas cristalinas que muchos describen como un cenote escondido entre la selva.
El sayab de Petén Culú alimenta pequeños ríos de agua dulce que se extienden entre la vegetación, creando un microcosmos perfecto para la observación de aves, la fotografía de naturaleza y la exploración respetuosa. Aquí, el silencio se convierte en protagonista y el tiempo parece desacelerarse.
Turismo que cuida lo que muestra
La comunidad de Sisal ha entendido que el turismo solo tiene futuro si es responsable. Por ello, pescadores y habitantes se han organizado en cooperativas locales que ofrecen recorridos enfocados en la educación ambiental y la conservación de los manglares.
Los paseos se realizan en kayak, paddleboard o embarcaciones sin motor, reduciendo el estrés en la fauna y permitiendo una convivencia armónica con el entorno. Flamencos, cormoranes y otras especies acompañan el recorrido mientras los guías locales —muchos de ellos biólogos— comparten historias, saberes y la importancia de proteger estos ecosistemas.
Una experiencia que deja huella
Recorridos como los que ofrece Casa Balam Hostel, integrante de la cooperativa Bu’ul Kayé, son ejemplo de cómo el ecoturismo puede ser educativo, seguro y benéfico para la comunidad. Con guías certificados y un enfoque de bajo impacto, estas experiencias no solo muestran la belleza natural de Sisal: invitan a comprenderla y respetarla.
Petén Culú no es un destino para el turismo apresurado. Es un espacio para quienes buscan reconectar con la naturaleza y entender que conservar también es una forma de viajar. En el corazón del manglar, Sisal guarda este secreto verde que hoy empieza a ser contado, no para explotarlo, sino para protegerlo.
